Aunque vives en el mundo no eres del mundo ni le perteneces. Eres de Cristo, pues te ha comprado con su sangre. Le perteneces y eres su posesión. El Amado te anhela y desea complacerse en tu vida. Él tiene contigo su contentamiento, disfruta escuchando tus oraciones, tus causas, tus quejas, tus lloros, tus risas... Él lo acepta todo para obrar en tí. Le estás complaciendo cada día?