No es muy fácil ver los errores de los demás y señalarlos con el dedo. Pero cuando son los nuestros, como nos cuesta verlos. No hay en ellos siempre maldad ni mala actitud, pero hacemos daño sin quererlo. Nosotros los cristianos tenemos que tener la humildad de recibir la corrección del Todopoderoso y para ello no hay otro camino que morir. Cómo decía aquel gran apóstol: “Cada día muero”. ¡A por hoy siendo corregido!