A veces nos sentimos agobiados y las circunstancias nos sobrecogen. La falta de salud, el futuro de nuestros hijos, el trabajo, dificultades relacionales, ansiedades… y eso se debe a nuestra fragilidad interior. En medio de estas situaciones, parece que Dios no se mueve; pero Él siempre está al control. Él dirige, aún dirige. Dios no teme nada, ni está ansioso, ni se fatiga. A una voz suya todo se calma. Él es nuestro Guardián perfecto. Confiemos en Él y fortalezcamos “el hombre interior”.