El Espíritu Santo nos habla los pensamientos de Dios. Él es Su voz en y para nosotros. Él nos adiestra personalmente, nos conduce en las grandes y pequeñas cosas. Él habla con claridad sin engaño. Debemos ejercitarnos en atenderle. Pasar tiempos de silencio y quietud en los que oigamos su voz clara, limpia, orientadora, consoladora… abramos el corazón y deleitémonos hoy, en su silbo apacible. ¡Qué regalo más extraordinario! Él vive en nosotros, no estamos solos. ¡A por hoy escuchando atentamente!