Cuando amamos a Dios, Su espíritu de servicio se nos contagia en su manera de darse por el prójimo. Cuando amas a Dios, tus pensamientos se llenan de benignidad y tus acciones de bondad. Cuando amas a Dios, la compasión es el fundamento de andar y tu cercanía a las personas es auténtica. Cuando amas a Dios brota de tus labios un poema de amor, lleno de palabras de consuelo y dulzura. Este presente es un buen tiempo para amar a Dios y dejar que fluya en nosotros su forma de ser.