A veces nos acostumbramos a las cosas que tenemos y perdemos el valor que tienen. La rutina se apodera de nosotros y empobrecemos. Como hijo de Dios, quiero refrescar mi mente y espiritu hoy, pensar en lo que tengo, en quien soy por la gracia de Dios. Él es mi Dios, Él es mi Padre celestial, y tengo el privilegio de servirle, aún en mis debilidades y flaquezas, porque mi Padre celestial es Padre de misericordias y Dios de toda consolación. A Él, mi Dios y mi Padre, sea la Gloria hoy y por los siglos.