Si miramos atentamente la sociedad que nos envuelve, nos daremos cuenta
rápidamente que existen una serie de Instituciones, ya sean políticas,
sociales, religiosas etc que están a nuestro alrededor y cuya función
consiste en velar y preservar la sociedad y al ser humano tal y como lo
conocemos. Muchas de éstas instituciones han sufrido cambios radicales a
lo largo de la historia y otras, simplemente han desaparecido en el
devenir de cambios históricos que las han dejado obsoletas. Sin embargo,
una de éstas instituciones, la familia, ha permanecido inalterable
durante milenios y ha sobrevivido a cambios drásticos sociales e
históricos, guerras, caída de imperios y, ha sido precisamente en esos
momentos, cuando se ha fortalecido y ha dado esperanza al hombre cuando
todo alrededor se desmoronaba. Por esta razón, debemos acercarnos a ella
con cierta admiración y preguntarnos ¿Qué es la familia?
La
familia es una institución creada por Dios para nuestra bendición y paz y
para asegurar la perpetuación de la raza humana dentro de unos
parámetros sociales bien delimitados y que han servido para el adelanto
de la civilización tal y como la conocemos. Esta era la voluntad de Dios
expresada en el libro de Génesis 2:24 “Dijo El Señor Dios: Por tanto,
el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán
una sola carne”. El hombre dejará a su padre y madre y se unirá a su
mujer, y desde esta posición, fuera de su núcleo familiar original,
formará la familia, cuidará a su esposa, la protegerá y amará y lo
dejará todo por ella. Responsabilidad, cuidado, protección y disciplina
son los ingredientes necesarios para esta difícil labor y todos ellos
están hoy día bastante olvidados, en un momento histórico en el que se
valora el hedonismo y la comodidad por encima de la responsabilidad y el
compromiso de perseverar toda la vida con la misma mujer y envejecer
con ella, manteniendo el hogar contra viento y marea y juntos, criar a
los hijos en paz y sujeción. Esto garantiza que las nuevas generaciones
harán lo mismo y permite que la sociedad pueda avanzar en equilibrio y
paz, dando a los hijos una estabilidad emocional y espiritual que les
guiará durante toda su vida en medio de los conflictos y dificultades
con los que se encontrarán. Hombres como Moisés, Grande de Egipto fueron
bendecidos con esta realidad. Criado hasta los siete años por su madre,
siendo ella la que puso en Moisés las bases para un carácter fuerte y
poderoso que le llevó a ser Grande de Israel y fiel a Dios, siendo
reconocido como el hombre más manso de la tierra. Hasta el final de su
vida honró a Dios y sirvió a Israel. Podemos leerlo en el libro de Éxodo
2:7-10.
Disolver un matrimonio y destrozar una familia cuesta,
hoy en día, algo más de 100€ en cualquier juzgado. Sin embargo el coste
emocional, espiritual y aun físico es mucho más elevado. Los hijos, que
son los primeros en sufrir los efectos negativos de una ruptura,
padecen con frecuencia depresión, miedo, ansiedad, una profunda
culpabilidad, baja autoestima, desorientación en la vida, miedo a la
soledad y, desde luego, la posibilidad real de fracasar en su matrimonio
y en el intento de formar su propio núcleo familiar. Las mujeres,
sufren de una disminución de niveles económicos, disminuyen la salud,
bajan sus expectativas de vida y la sensación o la percepción de
felicidad en la propia vida, aumenta el riesgo de suicidio casi al
triple, fuman y beben más y tienen más conductas de riesgo. Los hombres,
no se salvan de los efectos negativos. El divorcio duplica el riesgo de
suicidio, aumenta seis veces la frecuencia de problemas psiquiátricos,
aumenta el riesgo de alcoholismo, abuso de sustancias químicas y, por
tanto de morir de cáncer o enfermedades cardiovasculares.
Por
esta razón, es necesario que la sociedad reflexione y haga autocrítica,
que se de cuenta de donde está y medite acerca hacia donde quiere ir.
Las palabras del Señor en Mateo 7 son una guía perfecta. “Cualquiera,
pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre
prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y
vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no
cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye
estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que
edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y
soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue
grande su ruina".
Miremos bien sobre qué edificamos nuestros hogares.